Para arrancar el año, el 3,2,1 no tiene un patrocinador. En su lugar, nos unimos a Oportunidades de Esperanza, una organización sin fines de lucro que busca apoyar a las comunidades más necesitadas del sur de México.
Este año, están realizando una colecta para regalar juguetes a niños en las zonas marginadas de Quintana Roo, Campeche y Tabasco.
Si quieres apoyar en la causa y hacerle el principio del año a un niño, puedes donar el monto que gustes en el siguiente enlace:
Ahora, sin más, volvemos a los tres poemas, dos ensayos y un cuento de la semana
Machín
de Cielo Uscanga
Dijeron que saliste volando por una ventana,
que ibas a exceso de velocidad,
que ibas intoxicado,
¿intoxicado de qué?
¿De ilusión por ver a tu hermano?
Dijeron que había partes en algún lugar de la carretera
sin alguien que las reclamara,
una mano,
un pie,
cinco costillas,
dos clavículas
y algunos intestinos esparcidos
¿Pero dónde está el cuerpo?
Tu cuerpo se fragmentó en cinco
y en cuatro quedaron los restos,
el tuyo sólo desapareció.
No es verdad.
Tomaste los nuestros
como si aún te pertenecieran.
[...]Nota del editor: Si la poesía está dispuesta con particularidad facilidad hacia un tema, ese ha de ser el pesar. Al necesitar pocas palabras, le da permiso al que sufre de hablar lo que precisa sin hacerlo de más. Uscanga lleva esa predilección de la poesía misma a un nuevo modo, uno que mantiene las palabras certeras—no le quitaría una sola al poema—pero logra mostrar los sentimientos encontrados del duelo y la desdicha. Versos que encuentra la poesía en sus senderos acostumbrados y los reemplaza por amplias avenidas.
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Alegoría en sueños
de Angelo Chacón Sequeira
En aquella noche, en aquella noche infame —Marte en el cielo blandía su fiera lanza y el magno Plutón bañaba en sangre el disco de plata creciente— soñé con tu rostro azotado por el odio, el devenir de los años, la gloria marchita y la alquimia maldita del amor no encontrado transmutado en la piedra de la locura. Rodeado de cuadros de tu yo infante —imágenes que jamás he visto— encadenado me encontraba en una máquina de tortura marcial: férreos y herrumbrados clavos acariciaban mi espalda. Con un sutil accionar de palanca, atravesarían mi cuerpo a través de la garganta, los sesos, la tráquea, [...]
Nota del editor: Chacón me hace creer que los clásicos aún les quedan un par de kilómetros en el tanque. Cada que lo leo—pues tuvimos la fortuna de premiarlo en el concurso de poesía del año pasado—, cada que encuentro sus versos, me impresiono con la voluntad con que toma los versos de hace siglos y los adapta sin caer en modernismos innecesarios. Les habla con la transparencia que lo hacían Homero o Virgilio. Les habla como el que sabe que vale la pena hacerlo.
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México-Toluca
de Ana Victoria Guevara
En el margen lateral de una carretera, un refrigerador, vuelto hacia el vacío. A unos metros, un camión de Kroger, “fresh food for everyone”, sobre la grava. Las margaritas brotan del concreto, sus tallos tiemblan con olor a diésel. Los vidrios rotos brillan como peces, el aire sabe a fruta fermentada. [...]
Nota del editor: Es fácil escribir de atardeceres en la playa o de bosques al llegar la primavera: hay siglos de poesía que respaldan su encanto. Lo fascinante es hacer lo que Guevara y encontrar un sujeto completamente ignorado en la literatura como una autopista—puntos extra por ser una de la fama de la México-Toluca—. Ese ojo para encontrar poesía en los lugares menospreciados es esencial, pero ya acompañarlo con versos que te dejan pensando hasta que los túneles de la autopista toman otro significado, eso, eso es maestría.
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Notas sobre Frankenstein
Lecturas varias para una novela
de Marien Labougle
Por siglos ya, Frankenstein ha perdurado en la conciencia colectiva. Lo hace como un monstruo horroroso, sí, en películas y adaptaciones al por mayor. Pero también lo hace en círculos de lectura, salones de clase y en lectores que encuentran, fascinados, una novela que contiene diversas aristas de análisis sobre temas existenciales y sociales urgentes. Frankenstein se sigue leyendo de manera apasionada en diversas latitudes. La pregunta es, ¿por qué?
[…]
Nota del editor: Este ensayo es uno pasional aunque el tema y su estructura parezcan, sobre todo, académicos. Es la lectura infinita de una lectora apasionada; alguien como Labougle que, incansablemente, quiere hablar de su libro favorito y le encuentra, no solo en cada lectura, sino, en cada pensada, un nuevo motivo para la obsesión. Ojalá todos leyéramos novelas como Labougle lee Frankenstein.
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Sobre ver Sátántangó en 2025
(o sobre no poder vivir sin mi teléfono)
de, su amigo, el editor, J.L. Sabau
Para cerrar el año, decidí hacer el acto más heroico para un intelectual en estos años. Junto con mi madre y celebrando el Nobel de Laszlo Krasznahorkai, vimos las siete horas y media que conforman la adaptación cinematográfica de su primera novela: Sátántangó.
Lo llamo heroico por el desgaste que implica para la retaguardia pasar tantas horas sentado. Pero, más aún, por lo que implica ver este fenómeno hoy, en el siglo veintiuno, cuando los lapsos de atención son cada vez más cortos y nuestro consumismo cada vez más adictivo. Era un reto personal, lo reconozco. Como intelectual, claro, para poder ponerse la medalla de ver cine experimental húngaro gran parte de un día—puntos extra por ser el último del año—. Como un veintitantosañero, porque he visto cómo, en los últimos tres años, mi consumo de redes sociales ha crecido en contra de mis mejores intentos. Tanto que, en reuniones o en llamadas—hasta escribiendo este ensayo—, caigo presa de Instagram o TikTok o cualquier otro estímulo corto que la tiránica pantalla en mi bolsillo busque alimentarme. Quería probar si, todavía, tenía la voluntad para concentrarme tantas horas como hacía, antes, en el colegio o jugando con mis amigos después de éste.
[…]
Nota: La crisis de nuestros tiempos será una de atención. Me aterra pensar que, si estalla una guerra más, ya no tendremos el espacio mental para seguirles el rastro y, en su lugar, nos ahogaremos en videos cortos que poco dicen. Que, en un año más, no habrá humano capaz de ver las siete horas y media que conforman Sátántangó como me propuse a hacer para cerrar el año (aunque, quizá, ya es muy tarde).
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Los cuatro condenados
de Ricardo Boada
Hace mucho tiempo, en un templo de cualquier religión, había cuatro inquietos muchachos esperando a que su dios hablara. De repente llegó una señora vestida de negro, muy recogida en sus rezos, y les dijo:
—Muchachos, dejen de hacer pereza y comiencen a rezar, a sacrificarse y a despreciarse, pues dios es puro amor y si no hacen lo que les digo, sufrirán el castigo eterno.
[…]
Nota del editor: A eso del giro del siglo XX, dejamos las fabulas a un lado, como si solo los griegos pudieran contarlas; como si fuera una cosa de hace siglos que no tiene espacio en nuestro mundo moderno. Boada es un rechazo a esas pretensiones modernistas; un retorno a la tradición antigua de contar para enseñar como hacía Esopo o las parábolas de Cristo en la Biblia. Hay algo en su simpleza que aún no descifro; como el que escucha una canción a lo lejos entre el ruido y no logra deducirla del todo. Espero poder leerlo tantas veces como pueda para descifrarlo.
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¡Alto! A diferencia de otras semanas, quisimos cambiar la costumbre para cerrar el año. En lugar de crónicas, hicimos una serie de cartas y notas de nuestros editores, reflexionando sobre todo lo que le pasó a Perpetuo en el año.
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Veo el fin del invierno
Notas de JL Sabau, Editor General
Queridos lectores,
Puedo ver el final del invierno. Esa es la frase a la que he llegado como resumen de lo vivido; de las muchas lecciones que me llevo de estos meses de haber lanzado Perpetuo. Esa estación desabrida de heladas y ventiscas, llegará a su fin. El invierno del español, terminará. Y si hoy tengo esa certeza, se la debo a ustedes—con toda la gratitud que eso conlleva—.
Para explicarme, necesito hacerlo en dos partes que aluden a la frase. Primero, al sujeto: el invierno del español. Porque mi convicción es que vivimos, todavía, en una etapa cruel y frígida en la historia de nuestro idioma.
Por ya varios años he tenido la sospecha que ese árbol del que hablaba Octavio Paz—el árbol de la lengua española—no logra darnos frutos como antes hacía; que, de él, quedaban apenas un par de ramas donde las flores, una a una, se iban cayendo.
Parte, reconozco, es una predilección por lo antiguo y por autores muertos; porque no me he topado con novelas como Cien años de soledad ha mucho tiempo y las Ficciones de Borges siguen sin rivales.
Pero parte, también, es bastante más objetiva. En el siglo pasado, la literatura hispana era tan importante como la anglosajona o la francesa. García Márquez estaba en el mismo calibre que Faulkner; Neruda es un punto y aparte en la poesía. En este siglo, nos hemos ido desvaneciendo. Me baso, en primera instancia, en los premios que los ganamos cada vez menos. Ya no quedan Nobeles hispanos con vida. El último de ellos, Vargas Llosa, fallecido este año, lo ganó ya muy tarde en la vida, cuando todos los demás de su generación habían muerto. En los premios más recientes tampoco nos lucimos. El español no ha ganado el Booker Internacional; tampoco, salvo Eduardo Mendoza, nos hemos hecho del Kafka. En la psique global, no figuramos como lo hacíamos y eso es algo deleznable.
[…]
Lee la carta completa:























