Dijeron que saliste volando por una ventana,
que ibas a exceso de velocidad,
que ibas intoxicado,
¿intoxicado de qué?
¿De ilusión por ver a tu hermano?
Dijeron que había partes en algún lugar de la carretera
sin alguien que las reclamara,
una mano,
un pie,
cinco costillas,
dos clavículas
y algunos intestinos esparcidos
¿Pero dónde está el cuerpo?
Tu cuerpo se fragmentó en cinco
y en cuatro quedaron los restos,
el tuyo sólo desapareció.
No es verdad.
Tomaste los nuestros
como si aún te pertenecieran.
Al mío lo revolcaste
y le arrebataste la memoria,
dejaste sólo lo que quisiste.
Al de mi madre lo quebraste en dos,
y como la del tranvía
nunca volvió a ser la misma,
le hiciste al corazón lamento
y dejaste un vacío de culpa.
Al de la más noble
le arrancaste un pie
para que nunca se pudiera ir
y en su lugar le agrandaste el cordón umbilical.
Al mayor lo hiciste consejero y emperador
¿y qué esperabas
si le diste las llaves de Pandora?
Cómo iba él a saber
que lo que le dijiste en tu lecho
era un secreto.
Secreto la hermana
y la otra familia,
secretos los tratos de los carros
y de los terrenos no reclamados,
secretos los golpes
y los abusos no nombrados,
secretos los chocolates
y la enfermedad.
Que si no hubiese sido la curva
habría sido ella
quien te empujara al precipicio.
Dime, niño,
que aún no es demasiado tarde
que aún podemos abrazarnos a la ceiba
que no caminemos entre la selva
que no escojamos la delicia
ni subamos a la bestia enrojecida.
Dime, niño,
que no va a ser la última vez
que escuche tu risa
que no te veré a partir de ahora en mis sueños
ni que me culparé por tu atención
ni por decirte que siguiéramos a pesar de la noche.
Dime, niño,
que no debimos alimentar a la bestia roja con tu cuerpo
que no debimos hacer ese sacrificio.
Dime, Machín,
que no llenaste a un pueblo entero de lamentos
que no dejaste a tus padres sin su hijo favorito,
que no cumpliste la promesa del retorno
ni que nos dejaste huérfanos a nosotros.
Dime, Papá,
que tú sí te acuerdas de las batallas que diste en nuestro nombre
en el nombre de ella, de mi madre,
a quien le dejaste toda la carga,
a quien la hiciste responsable de limpiar las penas,
de absorber su propia pena
y volverse corteza.
Te digo yo, Tomás,
que a pesar de todo
limpiamos del polvo tu tumba,
que desayunamos en tus lugares favoritos,
que volvimos de tu casa un museo
y que guardamos tu memoria
de aquellos que perjuran en contra tuya.
Te digo yo, Papá,
que tus nietos llevan tu rostro
y tu voz,
que tu risa acecha los rincones
y tu sombra se ve entre los corredores de la casa.
Te digo, Machín,
que la que fue tu mujer se hizo fuerza
que tus hijos se hicieron libres
y que tu perro te espero llegar hasta su último respiro.Cielo Constanza Uscanga Martínez (Cuernavaca) es poeta, traductora, investigadora. Historiadora por la Escuela Nacional de Antropología e Historia (Ciudad de México), ha participado en diversos congresos y estudia el doctorado de literatura en español en la Universidad de California (California, Estados Unidos). Su obra poética explora la espiritualidad, la memoria y el cuerpo como territorios donde lo sagrado y lo cotidiano se encuentran. Su escritura se caracteriza por un lenguaje íntimo, de profunda sensibilidad simbólica y una búsqueda constante de reconciliación con la divinidad y el origen.



