15 de julio de 2010
“A san salvador avezes le da por ponerse asi toda chula, asi toda linda! Como a eso de las seis de la tarde, cuando se pone toda doradita y las nubes combinan con el cielo. Amí me gusta así, nada de esos cielos todos simples o azulados o esos cielos grises que no le dejan hacer nada a uno. El dorado me recuerda y me huele al café con semita de la abuela mientras mirábamos a la pocollo con mi hermana la chele”
“Roque Ramírez”
— …Vos si sos culero, ¿vea, maje?
— Ej, está loca. . . Vos solo repetis la misma mierda, cerote.
Le arrebato al gordo el papel de la mano. Es quizás la quinta o sexta vez que me dice lo mismo cuando me animó a mostrarle algo que escribo. Lo sigo haciendo no por nada, pero es que él es al único que le puedo mostrar estas cosas sin que se burle. Pega una carcajada ahogada, le siento el olor a caña rica y a cigarro por cómo abre la boca.
— Es una broma vos, sí que no aguantas nada. Ya estás todo empurrado, duende.
— Si pero es que también te pasas, gordo. Vos me dijiste que esta vez lo ibas a criticar seriamente, entonces ponéte a hacer eso mejor.
— Ya, ya, pásalo pues, dejá que lo vea bien.
Sus dedos regordetes rodean el papel, arrugando un poco el borde de este. Si no fuera ya costumbre que sea tan brusco para hacer las cosas, estaría enojado.
Toma el papel, se pone a leer, busca en el bolsillo del pecho sus lentes, se pone a leer de nuevo, estornuda en la página, intenta limpiar la saliva que quedó en el papel, falla en el intento, se pone a leer. De nuevo.
Me gusta pensar que de verdad está leyendo críticamente. Confió en el gordo por el hecho de que él sí alcanzó a terminar el bachiller y los rumores dicen que alcanzó a hacer cuatro semestres en la Don Bosco de lengua castellana. “Algo ha de saber este, más que yo de seguro” pienso, aunque cada escrito que le muestro simplemente parece probar que esos cuatro semestres se fueron junto con los buenos años del gordo.
— Maje, pásame un lápiz.
Dice luego de un buen rato hojear la página. Reviso mis bolsillos. Los del pantalón. El de la camisa. Nada. Acostumbraba a cargar un lápiz todo mordisqueado conmigo, pero nada, no lo encontraba. El gordo tristemente no tiene la paciencia que yo le tengo, chasquea la boca y le da un golpe al volante.
— No me pases nada ya, pérate, voy a ir a buscarlo a la casa. Ponéte buzo por si el Lagartijo llama.
Ya estaba bravo. Se bajó del pick-up y se metió a su apartamento. Sentí como la
suspensión del carro respiró aliviada. Me pongo a buscar el bendito lápiz, no se me pudo haber olvidado o perdido. Me pongo a buscar dentro del enorme pantalón, siempre se caen cosas por ahí. Nada. Lo único que consigo es agarrar la pistola que ya me estaba incomodando el culo. La lanzó a la parte del tocador del carro, total, nada vendrá. Suspiró y me centró en las puertas del condominio, esperándolo.
Odio estar solo. Más en espacios cerrados. Normalmente nuestras “clases” son en el parque que está detrás de los condominios. Pero es que desde que la mierda tomo el parque como parte de su territorio, meterse ahí se ha vuelto imposible. Yo lo pude ver de primeras cuando encontré el cuerpo moribundo y mosqueado de la hija del gordo con un cartelito que ponía:
“A KI NO SE ACPETAN 18s!! VÁYANSE, LOCAS. SOLO SALVATRUCHA”
Yo conocía a la bichita desde que nació, fui a un par de las semanas cívicas que hizo en el colegio. No diré que la consideraba como una hermana, pero pues si jode ver a una niña de diez añitos tirada en el piso en un charquíto de su propia sangre y sin falda y sin panties. Gracias a Dios el gordo no vio eso, creo que se habría muerto ahí mismo. El llanto que pegaba en el funeral fue peor al que pegó cuando mataron a la Choya, su esposa. Otra víctima de la mierda esa de la salvatrucha.
El gordo está solo. La familia que le queda está allá en Gringolandia. Pero a ellos no les gusta que el hijito sea ranflero1 (con mucha razón), así que realmente no lo llaman, ni le mandan pisto siquiera. Sé que el hermano se apiada de vez en cuando y le manda camisas o shorts que si le quedan y no a medias. Así que, por estar necesitados de compañía, nos hemos hecho amigos. El lagartijo, una de las sillas principales, dice que estamos hechos el uno para el otro. Algo así como la película esa de los negros que eran policías y que era bien chistosa. Solo que nosotros somos mareros. Y no somos tan negros.
Yo lo quiero mucho, pues, hasta donde me llegue el amor. Sé que quizás empezamos a vernos por el hecho de no tener a nadie, pero él ha sido de los que más me han ayudado desde que entré a la 18. De alguna forma, me recuerda a mi tata, actúa como mi mamá y me regaña como mi hermana. Pareciera que los hubiera sacrificado para que saliera el.
Literalmente.
A veces todavía me duele pensar en ellos. Agradezco que mi abuelita sí se haya portado bien conmigo y no haya preguntado nada de lo que hago. Estos me quieren, estos me cuidan mucho, más que ellos. Más que ellos.
No se me burlan por querer ser como Espino o Dalton. Como mi hermana. Elegir a tu familia es realmente un lujo del que pocos se pueden dar. Y ellos sí me lo dieron. Pienso en estas cosas cuando estoy asÍ.
—- …Por esto odio estar solo.
Ya sé está tardando el gordo. Lo peor es que deja su música toda vieja en el reproductor, puros discos de bandas viejas que ni la mamá se acuerda…
“Oye, oye, oye lo que digo Tiene envenenada su alma, tiene envenenado el corazón pero si lograras dominar su orgullo su amor tal vez puedas conquistar Trata de vencer su orgullo quítale su vanidad”
— Y el culero soy yo…
Le braveo, me agacho por unos momentos para buscar en la guantera otro disco que no sea tan malo. En eso, sonó la radio; la voz rasposa y chillante del Lagartijo siempre me hace ponerme alerta.
— Gordo, Gordo, Gordo. Repórtate ya. ¿Dónde andas?
Instintivamente agarro la radio. La voz la tengo algo temblorosa por la impresión, pero sigo buscando algún disco para poner.
— Sí, sí Lagartijo. Soy Duende, aquí ando. ¿Qué ondas ahí?
— Duende, ¿y el gordo? ¿Lo dejaste solo?
— Ah, nombre usted. Si solo se entró ahí donde él vive, que va a traer algo para…
— ¡No me importa, mierda! ¡Que se nos metieron vos! Anda sácalo ya mismo si no lo van a matar, y vos tambien, los dos sálganse.
Le iba a rezongar que yo no había visto a nadie entrar, pero en eso escuché dos disparos bien fuertes que venían del conjunto residencial, como cuetes. Del miedo solté el radio y agarré la pistola. Me quedé esperando, no sabía si entrar, no sabía quién había sido. El cuerpo no me dio, me tembló, sentía que las piernas pesaban lo mismo que el gordo. Me recordó a los que oí alguna vez en la casa, con mi familia. Otra vez no podía quedarme así como nada, como si fuera cómplice. . . Pero nada, yo solo vi el montón de pájaros volando junto con el ruido del tercer disparo. Yo sé que si entro me van a matar, pero se supone que debería morir por ellos, entonces está bien, ¿no? Yo mato por mi familia. Yo mato. Yo…
— No, Lagartijo, de verdad, oíme, porfa.
— ¡Cállate! ¡Cállate, mierda! Por vos es que mataron al gordo, por no tener huevos de ir a ayudarlo.
— No fue así, lagartijo… es que yo—
— Ya, ya, que te calles. Agradece que no te voy a mandar a pelar, cerote. Quédate aquí, yo voy a ver que putas hago con tu culo inservible.
Han pasado ya unas horas. Se están tardando en venir a por mí. Simplemente no me dio, me balacearon al gordo.
Al final me fui a la casona del Lagartijo cerca de La Campanera. Él está puto conmigo, por dejar al gordo solo. Aún no sabemos si lo mataron, en el cuarto de al lado está viendo el canal 4 para ver si lo mataron de verdad. Yo estoy esperando a ver qué tan duro será el castigo por desobedecer órdenes.
Me recuerdan a los castigos de mi tata. De los que supuestamente huí.
Aún quiero saber qué tan mal o qué tan bien lo hice con mi escrito, eso sí. Puedo preguntarle a otra persona, quizás…escucho unos gritos y cómo putean a los de la mierda. Temo que lo peor pasó. Suspiro, de nuevo, al oír la cerradura de la llave abriéndose.
Espero sea corto.
R.J. Núñez. Oriundo de El Salvador, viviendo en Colombia. Amante de crear, su musa es la gente.
Ranflero se refiere a un puesto de alto mando en la jerarquía de las pandillas.



