Tiempos charros
Foto ensayo de Ana Joaquina
Sobre lo charro
por JL Sabau (Editor general)
Nadie me cree, pero la escuela donde cursé la primaria fue, antes, un lienzo charro. Los salones se hicieron donde estaban las caballerizas—de hecho, el pasillo que las conectaba lo transformaron en una serie de bodegas para los maestros—. La explanada es, ahora, una cancha de basketball donde hacíamos fila después del recreo. Por encima, aún se ven las gradas, aunque nunca las han vuelto a usar más que para poner los órganos externos de algún aire acondicionado.
Lo esencial es que se trató de quitar. Se hizo escuela. El pasado mexicano transformado en su presente.
Aún así, perdura en la apariencia del edificio y, lo que es más, en los recuerdos de la gente.
El tema sale a conversación más de lo esperado. Ya fuera dentro de la escuela misma o cuando, montado en un taxi, indicas que irás a la primaria solo para percatarte que el conductor no tiene la más remota idea de dónde y tú, tampoco, sabes la dirección precisa—¿quién, en este época moderna, recuerda direcciones más que la propia?—.
—¿Sabe dónde era el lienzo charro?—pregunto en su lugar.
—Ah, claro.
—Lléveme ahí.
A casi treinta años del cambio, esa conversación sigue constante, como lo es el recuerdo. Quizá, es la mejor metáfora para la prevalencia de la charrería mexicana. La gente se aferra a lo charro aún si, más y más, las generaciones lo olvidan. Está ahí, como un recuerdo y como la negación tácita del taxista que no puede entender que, hace ya tanto tiempo, el pueblo no tiene lienzo charro—y que no lo ha pensado hasta ese momento—. Todavía, lo recuerdan y sigue vivo. Hay que capturarlo.
No vengo de una familia charra como la de Ana Joaquina. Es más, el pueblo del que hablo es Cozumel—que, más que pueblo, es una isla en el caribe mexicano—. Sin embargo, comparto la fascinación por esa cultura mexicana que me precede y me perdura y me ha de superar aún cuando esté muerto y, en la isla, los taxistas sigan guiándose por el lienzo en lugar de una escuela—.
Lo mismo acá, en México, que en Estados Unidos donde tantos paisanos han emigrado. Las fotos de Ana Joaquina son de esos rincones, al norte, donde los mexicanos han tomado los recuerdos de charrería y los han hecho propios. Se niegan a creer que el tiempo pasa; que los lienzos son colegios. Hay algo profundamente hermoso en eso. Una cultura que ve a la muerte a la cara y le dice: aquí sigo. Los tiempos, todavía, son charros. El presente, te insisto, es mío.
Las fotografías que siguen son la mejor evidencia de ello—más aún que el lienzo de mi Cozumel—. Muestran a nuestros paisanos manteniendo la charrería aún cuando están lejos; tan lejos de México. Algo habrá de un espíritu charro que perdura a pesar de los años, las distancias y las fronteras.
Sobre Ana Joaquina y sus fotos
Tomas Lemus (Editor de Perpetuo)
Al observar las imágenes de esta serie, lo primero que atrapa la mirada es precisamente eso: la belleza de su composición en diálogo con la elegancia rotunda de la vestimenta “charra”. Veo, antes que nada, el gran sombrero de ala ancha, capaz de atrapar la luna. Veo el lazo ondeando sobre el profundo cielo azul y debajo, solo lo esencial: el caballo y el páramo.
En otra fotografía me fascina la coordinación del púrpura bordado de las escaramuzas, combinando perfectamente con los caballos marrones corriendo por el lienzo. Contemplo las pachuqueñas, las chaparreras y los grandes cinturones piteados con sus hebillas de plata , capturados desde tan variados y sutiles ángulos por Ana Joaquina. Y sólo después de mucha concentración noto algo: asisto a otra dos tradiciones, ya no solo la liturgia del culto al campo que es la charrería, si no la ceremonia de conservarse a través de ella, de preservar lo mexicano, lo esencial, incluso estando lejos.
Sí, una mirada más detenida revela que el paraje no es la montaña jalisciense. Estamos en Estados Unidos. Y después descubro que fue precisamente la intensidad de la charrería “México-norteamericana” la que ha devuelto a Ana Joaquina este deporte que, por derecho de sangre, ya le pertenecía—la preceden tres generaciones de charros, nada más. Miro entonces las fotos de Ana Joaquina con una doble reverencia: primero, por la calidad de su técnica que descubre la intimidad de lo ritual en la charrería. Después, porque ha comulgado con ese deporte en lo profundamente personal, logrando destilar para ella y para todos la intensidad de la tradición mexicana y lo irreductible de su mestizaje.
Cada visión en las fotografías de Ana Joaquina esconde un misterio que quizás se ha cultivado en México con más intensidad que en cualquier otro rincón del mundo: el ritual de vivir en y para el campo.
A continuación, compartimos el resto de las imágenes que Ana Joaquina envió a Perpetuo para su publicación. Nos abstenemos de dar más palabras, sabemos que las imágenes pueden más.
Si quieren apoyar el trabajo de Ana Joaquina, pueden hacerlo siguiéndola en redes con el siguiente botón:
Ana Joaquina. Desde muy joven me ha fascinado el concepto de las comunidades. Con la riqueza y diversidad que se manifiesta en cada rincón del mundo, sin importar creencias, ideología, política o fronteras, las comunidades, de algún modo —a pesar del avance de una cultura dominante— logran mantenerse auténticas a través de los personajes que habitan estos espacios… estas calles.
La fotografía ha sido mi lenguaje elegido para capturar y compartir la belleza de la diversidad. A través de mi trabajo he llegado a comprender que damos sentido a nuestro entorno por las señales de vida humana que podemos identificar en él. Con mi cámara elijo capturar las historias de personajes de orígenes muy distintos, capaces de convertir el encuadre en un mundo entero.
He tenido la fortuna de crecer en uno de los países más diversos del mundo. México es un país con demasiadas caras: una herencia hispana e indígena que logra sobrevivir pese a las inevitables influencias de la cultura occidental dominante. La supervivencia de estos pilares de la identidad mexicana se ha vuelto una parte esencial de mis fotografías; en cada nuevo encuentro, veo una riqueza que no puede replicarse ni ponerse en escena. En cada uno de ellos, encuentro verdad.


















