Este cuento es de Melani Colmenares. Puedes leer más de ella en la biografía al final del texto.
Soledad era una mujer de contextura delgada y alta. Sus huesos se dibujaban en su piel como se ven las columnas de un edificio que se está derrumbando. Era una mujer de setenta años. Disfrazada por la vejez, poseía una inquebrantable desproporción por sus ideas. No le gustaba que nadie la llamase intelectual, aunque así lo fuese. Todos en su vida se habían ido dejándola. Al parecer, reunirse con personas en el transcurso de su vida no era para ella la mejor opción. Todos y todas la dejaron sola, completamente sola: sus hijos marcharon, su esposo se fue, sus amigos no existen, sus padres murieron, sus hermanos se alejaron.
Pero Soledad sufría un mal. Su único mal: poseía un carácter muy rígido. La vida le había ayudado a construir una coraza alrededor de todos, vecinos y desconocidos. Aunque era reconocida como “fuerte”, por su carácter, la verdad es que esa coraza era solo una forma de protección. Un día, arrancó su vieja carcacha y despegó hacia un desfiladero cerca de su casa, desprovista del deseo de continuar; se marchó, continuó conduciendo hasta un rumbo incierto y fue involuntariamente revolcada por una ola de viento blancuzco que opacó se destino. Su auto se fue por el desfiladero.
Cuentan que, desde entonces, aquella mujer ha aparecido en aquel acantilado cerca de su casa, el “mirador Rocher Vail”aparece, a un paso, muy cerca de su muerte.
Hace unos días, me contaron unos amigos cercanos de otros amigos—amigos de los que no hablo mucho—que alguien les dijo que algunas personas se fueron a estudiar las leyendas de aquellos lugares remotos. Éstas, señalaron, se fueron a encontrar con el cadáver de una mujer y los restos de una vieja máquina en aquel acantilado jurando que esa sería la mejor forma de conseguir pruebas de los mitos que las personas contaban y muchos creen por ciertas.
Una chica llamada Adriana quiso visitar el acantilado. Quería vivir por cuenta propia la aparición del cadáver y la vieja máquina. Se aventuró un día, sola, y nunca más se le volvió a ver. Luego, otro chico, llamado Pedro, también desapareció por las mismas razones. Mágicamente, pareciera que todas las personas que se acercan solas a la profundidad del acantilado desaparecen; pero, también, pareciera que la atracción o curiosidad por saber cuál es la razón de tan mágico misterio, la razón de aquellas leyendas, incita de una manera extraordinaria a cada uno de los habitantes en la zona a acercarse por cuenta propia, tal como si fuera una tentación temeraria muy difícil de resistir, o como si todos en el pueblo se estuvieran volviendo locos a causa de la curiosidad que produce.
La situación se ha vuelto tan preocupante para los visitantes del mirador que algunos se preguntan: “¿Habrá existido Soledad?”; otros dicen: “No te acerques mucho al acantilado… ya sabes”; otros más: “Que tontería… Si pudiera existir algún fantasma que sustrae el alma de sus visitantes en aquel acantilado, ¿no creen ustedes que aquel mirador estaría completamente cerrado?”; y muchas otras cosas más.
Por eso, aquel día decidí visitarlo. Llegué a Rocher Vail. Al aproximarme, vi cómo se dibujaba un paisaje de ramas verdes que luego desaparecían con la neblina. Entré en esa evaporada situación. Estaba todo tan oscuro, como si fuera noche. El lugar se opacó de una forma muy extraña; apenas eran las once del medio día. Era incomprensible para mí cómo aquellas flores y ramas del paisaje previo habían desaparecido súbitamente; pareciera que estuviera entrando a una especie de anillo mágico donde las cosas se vuelven confusas; no sabía si era el comienzo o el fin. Mi cuerpo se llenó de un estupor parecido al del escalofrío; los bellos de mi piel parecían pequeñas y frágiles espinas, mientras que el frío, poco a poco, se apoderó de mí, dejándome completamente vulnerable.
La altitud del lugar me imposibilitaba respirar. Comencé a sentir que todo se había terminado. Estaba perdido en una montaña, en la neblina. Sí, estaba perdido; pero también era cierto que, mientras más tiempo pasaba en ese lugar, más la muerte me acechaba, apoderándose poco a poco de mí. No podía respirar, ni menos ver a dónde iba. Las posibilidades de caer en la profundidad del acantilado eran reales. De morir como Soledad.
Comencé a escuchar un murmullo. Una casi ininteligible petición: “Quédate”, decía; “Quédate”, repetía, insistente. Entonces vi a Soledad. Sí, la vi; era igual a como me la habían descrito: alta, flaca, huesuda. Se veía como una figura evanescente, como si estuviera a punto de fundirse con aquella neblina. Al verla, quise salir corriendo, pero no pude. Estaba atrapado. Si daba un sólo paso, corría el riesgo de caer en aquel desfiladero. Tapé mis ojos con las manos y me quedé inmóvil, esperando largo rato.
Al poco tiempo, me decidí a correr. No tenía opción. Corrí tan rápido como pude, hasta llegar a unas ramas quebradizas; las atravesé con los ojos cerrados. Por un pequeño instante no sentí ramas, ni frío, ni altitud, ni suelo. Me fui hacia lo más hondo, me quedé sin aliento. Sentí mi cuerpo caer…
Luego de un largo rato me desperté, estaba entre malezas de aquella zona campestre. , aquellas ramas habían roto mi piel. Todavía no veía. En ese momento escuché unos niños jugando, seguí sus voces, y poco a poco fui resquebrajando aquel susurro de Soledad, que me decía “quédate”. Me fui. Fue la peor experiencia de toda mi vida. Me decía que me quedase como si me necesitase, fue entonces que entendí quién era ella. Soledad estaba sola.
Melani Colmenares. Nacida en Venezuela, estado Aragua (Maracay). Cursó estudios en la Universidad Central de Venezuela en la carrera de Letras. En el año 2025, pública la antología de cuentos “Ébano líquido” con la editorial Negro Sobre Blanco. Es redactora, editora, ensayista y novelista.



