Este ensayo fue escrito por Santiago Hernández Zarauz para Perpetuo.
En los últimos años asistimos a un fenómeno que, aunque visible en la superficie de la vida cultural madrileña, aún no ha sido nombrado del todo. La presencia mexicana en España se ha vuelto tan densa, tan cotidiana y tan evidente, que exige una lectura que vaya más allá de las coincidencias o de los ciclos diplomáticos. Estamos frente a un momento mexicano en España que no es consecuencia de generación espontánea: es resultado de una trama compleja de circulación intelectual, movilidad económica, políticas culturales y afinidades afectivas entre dos países que comparten una historia común, pero sobre todo un futuro en conversación que curiosamente transita una evidente tensión diplomática.
Los reconocimientos recientes refuerzan esta escena: el Premio Cervantes a Gonzalo Celorio—Director del Fondo de Cultura Económica del 2000 al 2002—una voz literaria que piensa la tradición desde la interioridad y el diálogo; el Premio Princesa de Asturias otorgado tanto a la fotógrafa Graciela Iturbide como al Museo Nacional de Antropología en la Ciudad de México, instituciones y figuras que representan una sensibilidad mexicana hacia la complejidad cultural y la mirada sobre lo indígena. A ello se suma la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid, que nombra como Directora Residente a Alondra de la Parra y el Centro de Arte Conde Duque, dirigido por el escritor Jorge Volpi. Las instituciones españolas, por su parte, no han permanecido ajenas a este intercambio: el Museo del Prado presentó hace poco una exposición monumental dedicada a la Virgen de Guadalupe y recientemente se inauguró un proyecto colaborativo sobre la mujer indígena, compartido entre Casa de México en Madrid, el Instituto Cervantes, el Museo Thyssen-Bornemisza y el Museo Arqueológico Nacional.
No se trata simplemente de la circulación de nombres consagrados. Lo que emerge es una escena cultural viva que articula pensamiento literario, arte contemporáneo, memoria colonial, música, fotografía y procesos curatoriales en torno a una pregunta persistente: ¿qué significa mirar a México desde España hoy? Y más aún: ¿qué significa mirar a España desde México cuando se vive aquí? No podemos olvidar que por segunda ocasión consecutiva España fue invitada de honor a la FIL de Guadalajara, con Barcelona como su representante literaria en su edición de 2025.
Pero la manifestación más visible —la más corporal, la más inmediata— ocurre lejos de las salas de conciertos o los museos: ocurre en las calles del Barrio de Salamanca. Allí, donde tradicionalmente ha habitado el poder económico madrileño, se constata una transformación silenciosa y profunda. A lo largo de la última década, pero con especial intensidad desde 2018, se ha dado un asentamiento notable de mexicanos, no solo como residentes, sino como actores urbanos que fundan restaurantes, galerías, estudios de yoga y pilates, cafés de especialidad, librerías, boutiques, consultoras inmobiliarias y agencias creativas. Algunas conversaciones cotidianas ya se atreven a llamarlo “Polanquito”, en referencia al barrio capitalino mexicano de Polanco, símbolo de vida cultural y comercial en la Ciudad de México.
No contamos con una cifra censal oficial por barrio—el padrón municipal no desagrega con ese nivel de precisión—, pero informes inmobiliarios y análisis demográficos recientes coinciden que de los 24,000 mexicanos que residen dentro de la Comunidad de Madrid entre 6,000 y 8,000 viven o circulan cotidianamente en el Barrio de Salamanca y áreas limítrofes. Más significativo aún: se trata del grupo extranjero con mayor adquisición de vivienda de lujo en la zona en los últimos cinco años. Además, sabemos que al menos dos expresidentes de México—Enrique Peña Nieto y Felipe Calderón Hinojosa—pasan temporadas prolongadas en el barrio; no sería exagerado ensayar con la idea de que la desorganización de la oposición política mexicana pueda tener un punto de encuentro en la calle de Serrano. La comunidad mexicana ocupa así un lugar decisivo en la economía simbólica y material de este espacio urbano.
Aquí ocurre algo que merece ser pensado con cuidado: lo que fue la Nueva España, la colonia, la periferia del imperio, ocupa hoy uno de los centros más visibles del poder español—o por lo menos madrileño—contemporáneo. No se trata de un retorno triunfal, ni de una revancha histórica. Es algo más sutil: una reconfiguración de la relación entre centro y periferia, entre lo antiguo y lo contemporáneo ¿el conquistador y lo conquistado? México se convierte de manera palpable en presente.
Sin embargo, esta escena cultural se produce en un contexto político paradójico. En los últimos años, el gobierno mexicano ha sostenido abiertamente una demanda de un perdón histórico por parte del Estado español, en relación con el periodo de la Conquista y la colonización. Esa solicitud —más simbólica que práctica— ha generado tensiones diplomáticas, debates mediáticos, reclamos y rechazos. Pero mientras la retórica institucional se sitúa en la memoria y en el reclamo del pasado, la cultura mexicana actúa en el presente con una fuerza que parece no requerir, absolución ni reconciliación. Curiosamente, esa distancia parece haberse acortado con la irrupción de la Doctrina Internacional Trumpista que ha sacudido al mundo recientemente. La pregunta entonces cambia. No se trata ya de quién debe pedir perdón ni bajo qué narrativa histórica pueda resolverse el trauma colonial. La pregunta que me interesa en este momento es: ¿Qué México está apareciendo hoy en España?
Aparece, insisto, ese México que se asemeja a la la imagen ritual de Iturbide, pero también el México urbano, estridente que se termina escuchando en la música que se oye en los restaurantes de la calle Jorge Juan. Pero también ¡y al mismo tiempo! el México crítico, que escribe y discute la tradición literaria desde la voz de Cristina Rivera Garza o la de Gonzalo Celorio… y también el México contemporáneo, que entiende el arte como mediación cultural y política a través de proyectos artísticos potentes. Es el México indígena, no como símbolo congelado sino como sujeto activo en la discusión estética curatorial del Thyssen, el Instituto Cervantes y el Museo Arqueológico Nacional. Y es, también, el México que come, que celebra, que circula, que ocupa mesas y plazas que transforma los códigos de sociabilidad. Lo notable es que este México no llega en posición de subordinación cultural, sino de intercambio. No busca homologarse a la tradición europea, sino proponer universos simbólicos propios.
Una de las derivas de la Historia nos enseñó a pensar la relación España-México como una línea vertical, descendente: del centro al margen, de la capital de la Corona a la Colonia, de la metrópoli a la periferia. Pero lo que vemos ahora es una relación mucho más estimulada, donde la producción cultural mexicana es valorada, solicitada, celebrada y, en algunos casos, adoptada como parte de la identidad madrileña contemporánea.
¿No es acaso significativo que la Virgen de Guadalupe —símbolo por excelencia del mestizaje y de la reconfiguración espiritual del territorio— haya ocupado las salas del Prado, uno de los museos más categóricos del canon europeo? ¿No es sugerente que el relato de la mujer indígena se escriba en instituciones españolas no desde la antropología exotizante, sino desde el reconocimiento estético y político? ¿No es revelador que la música dirigida por una mexicana sea parte de la programación estable de una de las orquestas centrales de Madrid? ¿O incluso que en las salas más grandes de concierto se agoten las entradas para escuchar a voces como Natalia Lafourcade en el Teatro Real o Carín León en el Movistar Arena? Más allá de tratarse de una anécdota, la presencia mexicana en España es una configuración cultural profunda.
Esta presencia detona preguntas, incluso desafíos que se me presentan conforme voy hilando estos párrafos. ¿Qué ocurre cuando la cultura mexicana se asocia sobre todo a expresiones de élite, a prácticas urbanas de alto costo, a sociabilidades que pueden replicar, incluso en el exilio, las jerarquías internas del propio México? ¿Qué México queda al margen? ¿Qué México no llega? ¿Qué México vive en Lavapiés, en Cuatro Caminos, en Vallecas?
Para pensar este momento con lucidez me parece necesario no romantizarlo, pero tampoco reducirlo a una operación de capital cultural. Lo que está en juego no es únicamente quién tiene recursos o quién tiene prestigio, sino qué forma adopta la identidad mexicana cuando se desplaza hacia España. Porque la identidad no se conserva: se transforma en la práctica. Y hoy, esa práctica se da de manera muy intensa en Madrid. Desde esta perspectiva, me parece importante volver a la pregunta inicial: ¿cómo se percibe México en España hoy?
Poco antes de firmar el Tratado de Libre Comercio, se inauguró en 1990 en el MET de Nueva York la exposición México: esplendores de treinta siglos. Una visión poliédrica en la que alrededor de 400 piezas dialogaban desde la época prehispánica hasta el contexto contemporáneo en un recorrido agudo sobre la cultura mexicana. La muestra puede entenderse –entre sus muchas líneas interpretativas–como un reflejo de lo importante que ha sido la cultura para México desde tiempos prehispánicos, como símbolo inequívoco de la identidad del país. Pienso en un momento como Esplendores de treinta siglos para este “momento mexicano” en España, donde todo el aparato cultural parece anunciar la posibilidad de un “perdón” y donde una clase alta mexicana parece encontrarse cómoda viviendo cerca de la corona. Dicen quienes lo escucharon que Porfirio Díaz sentenció: “pobre México: tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”. En una lógica similar, podríamos asegurar que la distancia que separaba Veracruz de Sanlúcar de Barrameda se ha reducido considerablemente para medir con exactitud la misteriosa definición del “ahorita”.
Santiago Hernández Zarauz. Forma parte del equipo de Desarrollo Estratégico y Editorial del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Estudió Relaciones Internacionales en la Ibero y el Master de Sur, Escuela de Profesiones Artísticas del Círculo de Bellas Artes y la Universidad Carlos III de Madrid. Canta y toca la Jarana en Zuaraz y publicó el “Cuentahílos” en Trama Editorial (2024)



