Lo que trajo la nieve
de Mariana Anaya
Lo vi por primera vez a mediados de noviembre.
Mi novio me habló para contarme de nuestro nuevo vecino, al otro lado de la calle. Un hombre, tal vez dos, empezaron a refugiarse bajo el techo de la escuela al acabar las clases.
“Muy respetuoso” me dijo. “Llega por ahí de las 8 de la noche, duerme, y al siguiente día se va antes de que los niños lleguen”.
Me empecé a acostumbrar a ver su silueta al regresar del gimnasio, no muy segura de cómo proceder. Al final, es un hombre alto, de al menos 50 años, que me ve salir y entrar de mi casa en planta baja, en una calle oscura, mi ventana directamente en frente de su nueva morada.
Hace poco fuimos a una clase de primeros auxilios con los bomberos, quienes son los primeros en responder a llamadas de urgencia en Francia. Nos contaron que la mayoría de las llamadas que reciben son de gente “con buenas intenciones” que ven a algún indigente en la calle—en su mayor parte dormidos—y en vez de acercarse a ver si están bien, les hablan para que vayan a revisar la situación. El miedo de acercarse y la culpa de no hacer nada al respecto lleva a muchos a hacer este tipo de cosas, que aunque se vean bien por fuera, pueden impedir que se de auxilio a una persona que en verdad necesita ayuda. Inmediatamente, me sentí mal: es cierto que nunca está demás ser precavida, y más aún como mujer, pero una parte de mí sintió culpa por no intentar al menos.
Me propuse ir a ver al nuevo inquilino pronto y aproveché un día que estaba mi mamá de visita y podía quedarse del otro lado de la calle observando desde la ventana, por si acaso. Al fin y al cabo tengo experiencia previa con una indigente que quise ayudar y terminó pateándome en el metro, claramente fuera de sí misma.
Me acerqué con una cobija, una chamarra, una botella de agua y unas madeleines que me acababa de regalar otra vecina y lo saludé. Le pregunté su nombre, si tenía hambre o frío, si estaba bien.
No me entendió nada.
Lo repetí en francés, inglés y español, me seguí topando con su mirada confundida. Solo alzó sus ojos, tomo todo menos la chamarra y dejó salir un “thankyou” en un suspiro.
Regresé a mi casa, bajamos la cortina. En los días que siguieron seguí asomándome cuando se instalaba en busca del más mínimo movimiento. A veces veía su mirada, a veces no; cuando tenía algo que darle, se lo ofrecía.
Las últimas semanas han sido de las más frías en París. Nunca en mis seis años había visto nevar de esta manera.
Camino al trabajo, vi una palmera cubierta de nieve. Nunca me había identificado tanto con un árbol antes; tan sola y fuera de lugar. No sé qué azares del mundo hicieron que ella acabara aquí, pero nuestra coexistencia por coincidencia me hizo sentir más cerca de casa.
Mis compañeros se burlaron de mi asombro, ¿qué acaso no había visto nieve antes? No sé cómo explicarles que lo más cercano a ver nevar en Monterrey son pocos copos en las cumbres y el suceso aun así suscita emoción.
Sentí ver a Paris con ojos nuevos, un filtro luminoso, que si bien mis compañeros tacharon de inconveniente por las fallas en el transporte público, tenía un aire de magia. El Canal St-Martin congelado bajo los pies de los pájaros, niños jugando aventarse bolas de nieve. Un humor colectivamente más alegre.
Un paisaje bello, la ciudad iluminada como nunca la había visto. Digna de postal, pero ligeramente inconveniente para mi amigo, a quien llamo Yosef, en mi cabeza (al parecer es Ruso según los demás vecinos), quien pasaría la noche encima del hielo.
Esa noche no lo vi. Escuché que el plan grand froid del gobierno francés prevé la apertura de albergues temporales para este tipo de situaciones. El día siguiente no nevó, pero seguía el frío, y al salir me di cuenta de que Yosef se había cambiado al otro lado de la calle. Me dio felicidad verlo, quería preguntarle a donde había ido, si necesitaba algo. Food? Manger? Hice señas con mi mano y boca. Otra vez se me quedó viendo hasta que dije Café? Coffee? Y su expresión cambió. Coffee! Me respondió, y en seguida fui por unos vasos desechables que ahora llevan su nombre.
Ahora en las noches, cuando me asomo por la ventana antes de cerrarla, veo una mano saliendo de su sleeping bag saludarme. Ahora nuestras pláticas se ven algo así:
Hello
Hello!
Coffee?
Coffee!
Y una sonrisa.
Quisiera que Yosef supiera que el café que compartimos es de Oaxaca, que solo tiene que tocar la ventana y tendré su taza aquí guardada para él. Quisiera saber de donde viene, qué lo trajo aquí. Por ahora me conformo en que me reconozca y sepa que aunque llueva, truene, relampaguee o caiga nieve, tiene a su disposición mi cafetera.
Mariana Anaya es doctorante en Neurociencias por el Instituto del Cerebro de París. Su investigación se enfoca en estudio de los mecanismos cognitivos y motivacionales en la enfermedad de Párkinson. De forma paralela, es escritora ocasional de poesía. Entre la ciencia y la palabra, teje puentes entre la dualidad y duelo migratorio. Reside en París desde hace seis años.













