Este híbrido de ensayo y cuento fue escrito El director; la persona detrás de La Academia en Substack. Respetando su deseo, publicamos la obra bajo el pseudónimo. Puedes seguir su trabajo en el siguiente enlace:
Los sapos gobernaban la charca. Siempre lo habían hecho. No porque fueran más fuertes ni más sabios, sino porque así debía ser. Cada año, las ranas votaban por cuál de ellos las gobernaría. No lo hacían con entusiasmo, pero tampoco con miedo. Simplemente votaban. Escuchaban los discursos de siempre, las promesas de siempre, y al final elegían a uno. Era importante votar, decían los más viejos. Decidir el futuro.
Pero daba igual. Daba igual quién ganara. Siempre era un sapo. Siempre decía lo mismo. Siempre terminaba en el rincón seco, con la piel limpia y la voz pausada, vigilando desde arriba.
Abajo, en el lodo, la vida seguía igual.
La charca no tenía agua, solo fango y humedad. Suficiente para sobrevivir, pero nunca para vivir. El lodo lo cubría todo: la piel, las patas, las bocas. Se tragaba a las más débiles. Pesaba sobre los huesos de las más fuertes. No había escapatoria.
Nadie se quejaba. No porque estuvieran conformes, sino porque el lodo no dejaba espacio para pensar en otra cosa. Desde que nacían, se acostumbraban. Desde pequeñas, aprendían a moverse sin hundirse del todo, a tragar el aire pesado sin sentir náuseas. Se arrastraban, saltaban poco, hablaban menos. Porque siempre había sido así.
Pero los sapos decían que no. Decían que antes todo era mejor. Había agua limpia, ríos, comida abundante. Y podía volver a haberlo.
Había un plan.
Había que construir una presa.
Si todas trabajaban, si todas hacían su parte, la charca prosperaría. Si recogían piedras, ramas y barro, si los apilaban bien, la lluvia llegaría y el agua se quedaría retenida. Era la única manera. No había atajos. No había milagros. Solo esfuerzo. Solo obedecer.
Así que las ranas trabajaban.
Desde el amanecer, se dirigían a la presa. Las más fuertes cargaban las piedras más pesadas. Sus patas temblaban, sus espaldas se arqueaban, pero nadie decía nada. Era su deber. Podían con ello. Tenían que poder.
A las más débiles se les pedía menos. No porque fueran inútiles, sino porque era lo justo. Los sapos las miraban con compasión, hablaban con voz pausada y susurraban palabras de consuelo. “Pobrecitas, hacen lo que pueden.” No se les podía exigir demasiado.
Pero nadie preguntaba por qué todas terminaban igual de agotadas al final del día.
Los sapos observaban desde lo alto. No tocaban el lodo. No se ensuciaban. No sudaban. Se acomodaban en su rincón seco y vigilaban el trabajo. Si una rana paraba a descansar, un sapo la llamaba.
—Nos falta poco —decían, con una sonrisa aceitosa—. Si te rindes ahora, todo habrá sido en vano.
Así que las ranas seguían.
Algunas no terminaban la jornada. Las más viejas, las más débiles, las que habían trabajado toda su vida y nunca vieron el agua correr. Se hundían en el fango sin ruido, sin protestar, como si hubieran nacido sabiendo que su destino era ese.
Las demás no se detenían a ayudarlas. No porque no les importara, sino porque no podían. La presa debía terminarse.
Desde la parte más seca de la charca, los sapos miraban.
No parecían preocupados.
Esperaban.
Sonreían.
El lodo no descansaba. Las ranas tampoco.
Prometeo cargaba piedras. Las más grandes, las más pesadas. No tenía que hacerlo solo, pero lo hacía. Podía. Esa era la norma. Los más fuertes daban más. Era justo.
—Muévete más rápido —le dijo su hermano, empujando un tronco grueso junto a otros dos. Sudaba, pero sonreía.
Era de los más entusiastas. Se levantaba antes, terminaba después. Creía en la presa, creía en los sapos, creía en el esfuerzo.
—Hoy hemos avanzado mucho —dijo, con satisfacción. Prometeo no respondió.
A unos metros, las ranas más débiles juntaban ramas pequeñas y barro. Lo suyo era más fácil. Los sapos decían que no era su culpa ser frágiles. Pobrecitas. No se les podía exigir lo mismo.
Prometeo no las envidiaba. No tenía sentido. Al final del día, todas terminaban igual de agotadas.
Su abuelo seguía trabajando. Más lento, más torpe, más doblado. Pero trabajaba. Arrastraba piedras más pequeñas que antes, su piel seca y sucia, sus patas temblorosas. No se quejaba. Nunca se quejó.
A veces, cuando pensaba que nadie lo veía, miraba la presa.
No con cansancio. Con fe.
La presa estaba alta, más grande que el año anterior. Tal vez este sería el año en que la terminarían. Tal vez él llegaría a ver el agua otra vez. Prometeo no creía que su abuelo dudara nunca. Él era de los que creían hasta el final. Y Prometeo también creía. O eso pensaba. Pero últimamente sentía algo raro. No cansancio. No hambre. Algo distinto. No sabía qué.
Solo que algo no encajaba.
No podía explicarlo. Y tampoco tenía tiempo para pensarlo. Había piedras que cargar. Había ramas que recoger. Había que seguir trabajando.
Su abuelo murió como había vivido: trabajando.
Fue una mañana cualquiera. Ni especialmente calurosa ni especialmente fría. Nadie esperaba que pasara nada distinto a lo de siempre. Las ranas fuertes cargaban piedras. Las débiles arrastraban ramas. Y su abuelo, como siempre, iba detrás, con su paso torpe, encorvado, hundiendo el cuerpo en el barro hasta casi desaparecer.
Prometeo lo vio detenerse. Solo un segundo. Lo suficiente para apoyarse en una piedra y mirar la presa como si midiera su tamaño con los ojos. Parecía satisfecho. Como si al fin pudiera decirse que había valido la pena.
Luego cayó. Sin ruido. Sin aviso.
Una rana más hundiéndose en el lodo.
Nadie detuvo el trabajo. Nadie bajó la cabeza. No había tiempo. Los sapos fueron los primeros en hablar. Desde su rincón seco, elevaron la voz para que todos oyeran:
—Su esfuerzo no fue en vano. Gracias a él, estamos más cerca que nunca.
Y las ranas asintieron. Prometeo también. Porque era lo que tocaba.
—Murió como un ejemplo —añadió su hermano, sin dejar de empujar el tronco que llevaba entre las patas—. Deberíamos estar orgullosos.
Prometeo asintió otra vez, pero no por convicción. Solo por costumbre. Porque no decir nada es más fácil. Pero algo quedó flotando.
Su abuelo había trabajado toda su vida. Había arrastrado piedras, había cargado ramas, había sudado barro por cada poro del cuerpo. Y al final... nada. No hubo agua. No hubo descanso. Solo lodo. Lodo encima, lodo debajo.
Prometeo intentó apartar la idea. Miró la presa. Seguía creciendo. Más grande, más sólida, más alta. Pero no terminaba.
Nunca terminaba.
Y esa vez, por primera vez, pensó que quizá no era culpa de la lluvia que no llegaba. Ni del barro. Ni de las ranas. Quizá el problema estaba en otro sitio. Quizá en lo alto. Donde los sapos nunca cargaban nada. Donde nunca faltaba sombra. Donde nunca llegaba el barro. Pero no dijo nada. Después de la muerte del abuelo, nada cambió.
Al día siguiente, las ranas volvieron a salir al barro como siempre. Prometeo también. Su hermano no dejó de repetir lo mismo de siempre: que había que honrar el esfuerzo de los que ya no estaban, que si trabajaban un poco más, si apretaban los dientes, la presa estaría lista.
Pero Prometeo notaba que no.
No estaba más cerca. No estaban más cerca de nada.
Porque no importaba cuánto cargaran, cuánto apilaran, cuánto reforzaran. Siempre faltaba algo. Un tramo que se había debilitado. Una parte que había que rehacer desde el principio. Piedras que no eran del tamaño adecuado. Ramas que se rompían. Excusas.
Los sapos las decían con voz tranquila, como si lo hubieran previsto todo.
—Este año estamos mejor que nunca. Solo queda resistir un poco más.
Y las ranas asentían. Claro que sí. ¿Qué otra cosa podían hacer? Nadie quería pensar que todo aquel lodo no servía para nada. Que tal vez nunca había servido.
Prometeo empezó a fijarse en detalles que antes no le importaban.
Que los sapos nunca parecían cansados. Que sus cuerpos estaban limpios, resbaladizos, sin la costra seca de barro que cubría a todos los demás. Que no pasaban hambre. Que nunca los veías trabajar, ni siquiera en los días peores, cuando la charca olía a podredumbre y los cuerpos de las ranas viejas quedaban medio hundidos, olvidados en cualquier esquina.
Se preguntó si alguna vez habían levantado una piedra. Si sabían cómo dolían las patas después de una jornada entera.
A veces, cuando dejaba de escuchar el murmullo de los demás y solo oía su propia respiración pesada, pensaba en voz baja que aquello no estaba avanzando a ningún sitio.
Que la presa no iba a terminarse. Que la lluvia nunca iba a llegar. Pero el problema no era decirlo.
El problema era pensarlo.
Porque después de pensar eso, ¿qué?
¿Dejarlo todo? ¿Mirar a los sapos y acusarlos? ¿Convencer a las demás ranas de que estaban cavando su propia tumba?
Ridículo.
Así que tragaba saliva. Bajaba la cabeza. Seguía empujando piedras. Había que seguir. Porque si no era cierto lo de la presa, lo del agua, lo de la lluvia… Entonces ¿qué quedaba?
Nada.
Solo barro. Y Prometeo no estaba preparado para aceptar eso. Todavía no.
Una noche, Prometeo no pudo dormir. Había pasado el día entero cargando piedras tan grandes que las patas apenas le respondían, y sin embargo, el cansancio no le cerraba los ojos.
No dejaba de pensar en el agua. En el agua que nunca llegaba. En la presa que nunca terminaba. En los sapos, siempre arriba, siempre limpios, siempre secos.
Así que se levantó.
Sin decir nada, sin molestar a nadie, Prometeo se apartó del lodo. Dejó atrás las piedras apiladas, los montones de ramas que esperaban ser arrastrados al día siguiente. Se alejó de la presa, del barro, del sudor, de la fatiga, de todo lo que había sido su vida.
Avanzó por la parte más alejada de la charca, donde nadie iba, donde no había trabajo que hacer. Todo estaba en calma, solo el murmullo del fango bajo sus patas y el crujido seco de las ramas dispersas en la orilla. Pero entonces, lo oyó.
No era el sonido pesado del barro. No era el lodo moviéndose bajo el peso de las ranas. No era el crujir de ramas rotas. Era otra cosa. Un sonido imposible, familiar y extraño al mismo tiempo.
Era agua.
Se detuvo. Su corazón latía fuerte. El agua corría. No la promesa de agua, no la lluvia esperada, no el futuro incierto del que hablaban los sapos. Agua real, presente, viva.
Avanzó sin pensar, con la respiración contenida. A cada paso, el fango se hacía menos denso. El suelo ya no se pegaba a sus patas, no se hundía con su peso. El aire era distinto, más fresco, más ligero. Algo cambió en el olor. No olía a barro viejo, a humedad rancia. Olía a algo puro. A algo que jamás había olido en la charca.
Y entonces la vio.
Un canal. Un río delgado pero constante, que corría rápido, libre, con agua clara y limpia. No era un charco, no era un engaño. Era agua, fluyendo sin obstáculos, avanzando con fuerza.
Pero no iba hacia la charca.
Se acercó más. Observó el canal, bien hecho, reforzado con piedras encajadas con precisión. Las paredes de barro seco, compactadas a la perfección. Era sólido, fuerte, planeado.
Prometeo sintió un escalofrío.
Eran sus piedras.
Eran sus ramas.
Era el barro que él y los demás habían amasado con las patas.
El canal estaba construido con los mismos materiales que llevaban años recogiendo, con las mismas cargas que habían transportado con fatiga, con desesperación, con esperanza.
Pero el agua no iba hacia ellos. Iba en la otra dirección.
Nunca hacia la charca.
El canal doblaba lejos del lodo, lejos de la presa, lejos del trabajo sin fin. Iba derecho hacia la cueva de los sapos.
Prometeo sintió la boca seca, la piel erizada. La cueva. Ese lugar al que nadie entraba. Ese lugar del que los sapos decían que no había nada. Nada.
No.
No podía ser.
Pero sí lo era. Siempre lo había sido.
El agua nunca había faltado. Nunca.
No era la lluvia la que tenía que llegar. El agua ya estaba ahí. Fluyendo todos los días, en silencio, lejos de la charca. Lejos de ellos.
Las piedras, las ramas, el barro… todo había servido para esto. No para retener agua para la charca. Para asegurar que nunca la tuvieran.
Para reforzar los túneles, las paredes, la seguridad de los que nunca habían tocado el lodo.
El trabajo de todas las generaciones de ranas había servido para eso. Para que los sapos nunca pasaran sed. Para que siempre estuvieran secos.
Prometeo sintió que el mundo se estrechaba. Que la charca entera se hundía en su pecho. Los sapos no esperaban la lluvia. Nunca la habían esperado. La presa no iba a terminarse.
No porque quedara mucho por hacer.
Sino porque nunca estuvo pensada para terminarse. Se quedó allí, mirando el agua correr. Podría haberse quedado. Beber. Bañarse. Llenarse los pulmones de agua limpia por primera vez en su vida.
Dejar atrás el lodo, la mentira, el cansancio. Pero no lo hizo.
Volvió.
Porque alguien tenía que decirlo. Porque alguien tenía que contarles que los habían engañado. Que la presa era mentira. Que el agua estaba allí, pero solo para los de siempre. Que llevaban toda la vida construyendo la comodidad de los sapos. Volvió, aunque algo dentro de él ya sabía lo que iba a pasar.
Prometeo regresó a la charca antes del amanecer.
El lodo estaba como siempre. Frío, espeso, pegajoso. Las ranas dormían, unas sobre otras, respirando barro. En cuanto saliera el sol, volverían a cargar piedras. Volverían a juntar ramas. Volverían a decirse que estaban cada vez más cerca.
Prometeo no esperó.
Reunió a las que pudo, las que estaban despiertas, las que no parecían demasiado ocupadas recogiendo herramientas para el nuevo día. Su hermano fue uno de los primeros en llegar.
—Tengo que contaros algo —dijo Prometeo.
Y lo contó. Todo.
Del agua que fluía, de los canales reforzados con su trabajo, de cómo los sapos habían estado desviando el agua todo ese tiempo, de cómo la presa nunca había sido para la charca. De cómo los sapos nunca habían esperado la lluvia.
Habló rápido, sin detenerse, sin dejar huecos para que nadie pudiera interrumpirlo.
Cuando terminó, esperó. Pero nadie dijo nada. Solo miradas. Algunas bajas, otras torcidas. Alguna que otra mueca.
Hasta que habló su hermano.
—¿Tú te escuchas? —dijo, sin levantar la voz—. ¿De verdad crees que si hubiera agua, los sapos nos la negarían?
Prometeo no contestó.
—No es momento de dudar —siguió su hermano—. Estamos a punto de conseguirlo. Mira lo que hemos levantado. Mira lo que queda. ¿Ahora quieres tirar todo por tierra?
Hubo murmullos. Asentimientos discretos. Alguna rana le dio la razón.
Prometeo los miró uno a uno. Los más jóvenes, los más viejos, los más fuertes, los más débiles. Todos tenían la misma cara. La cara de los que prefieren no saber.
Fue entonces cuando los sapos aparecieron. Como siempre, limpios, secos, impecables. Con su voz suave, su calma estudiada, su forma de hablar como si todo estuviera bajo control.
—Qué pena —dijo uno, sacudiéndose una pata, como si quitara polvo—. Tanto esfuerzo y tan cerca del final...
Prometeo no entendía a qué se refería.
—A veces —siguió el sapo—, hay ideas que no deberían compartirse. Ideas peligrosas. Ideas que pueden arruinarlo todo.
El hermano de Prometeo dio un paso al frente.
—No queremos problemas. Solo queremos seguir trabajando.
Los sapos sonrieron.
—Eso está bien. Muy bien.
Y entonces, sin necesidad de más palabras, quedó claro lo que pasaría.
Prometeo sería apartado. Porque no podía quedarse allí, entre ellos, diciendo cosas que nadie quería oír. Porque no puedes tener a alguien caminando a tu lado recordándote que todo lo que haces no sirve para nada. Porque es más fácil perder de vista al que molesta que aceptar que te han estado mintiendo desde siempre.
Fue su hermano quien se encargó de llevarlo ante los sapos. De ofrecerlo. De señalarlo.
—Se ha confundido. Pero sabemos qué hacer con los que se confunden.
Y Prometeo no dijo nada. Porque ya estaba dicho todo. Solo miró una vez más a la charca. A la presa. A las ranas que bajaban la cabeza. No esperaba otra cosa. No hubo defensa.
Nadie preguntó si lo que Prometeo decía era cierto. Nadie quiso saber si había visto el agua, si existía el canal, si las piedras y las ramas de todos esos años habían servido para algo más que empapar de barro sus cuerpos.
No interesaba.
Los sapos convocaron a las ranas al centro de la charca. No tardaron en llegar. Lo dejaron todo: las herramientas, las piedras a medio cargar, los montones de ramas pendientes. En fila, embarradas hasta los ojos, aguardaron en silencio mientras Prometeo permanecía en el centro, rodeado por la misma presa a la que había dedicado su vida.
—Aquí no juzgamos a nadie —dijo uno de los sapos desde su rincón seco, elevando la voz lo justo—. Solo protegemos la charca.
Las ranas asintieron.
—Cuando alguien pone en riesgo el futuro, cuando siembra dudas, cuando cuestiona los esfuerzos de todos... tenemos que actuar.
Prometeo no respondió. Ni siquiera los miró. Solo observaba a las ranas, una a una. Las mismas que habían compartido con él el lodo, el cansancio, las piedras rotas y las ramas podridas. Las mismas que ahora no lo miraban a él.
—Nunca estuvimos tan cerca —continuó el sapo—. Jamás habíamos avanzado tanto. Por eso no podemos permitirnos distracciones. Por eso tenemos que cuidarnos de quienes intentan apartarnos del camino.
Su hermano estaba al frente. Firme. Sin bajar la mirada.
—Nadie quiere que te pase nada, Prometeo —le dijo, con esa voz cansada de quien ya se resignó a lo que viene—. Pero entiéndelo. Esto es lo mejor para todos.
Y eso fue todo. No hubo más palabras. No hacía falta.
A Prometeo lo llevaron lejos. No hubo gritos ni forcejeos. No hubo súplicas. Solo barro. Barro en las patas, barro en la boca, barro en los ojos. Una vez más, la sociedad se había llevado a aquel que era distinto, aquel que quería prosperar.
Mientras desaparecía entre la niebla de la madrugada, la presa seguía allí.
Inmóvil. Inacabada.
Y detrás, las ranas volvieron a trabajar. Como si nada hubiera pasado. Como si Prometeo no hubiera existido. Como si el agua, si es que alguna vez había estado cerca, no importara.
Prometeo no volvió a pisar la charca. Nadie preguntó a dónde lo llevaron. Nadie volvió a mencionar su nombre. No hacía falta.
Al día siguiente, como siempre, las ranas salieron al barro. Recogieron piedras. Juntaron ramas. Empujaron barro. Un poco más. Solo un poco más. Eso decían los sapos desde arriba. Secos, impecables, con las bocas llenas de promesas gastadas.
El hermano de Prometeo fue el primero en cargar. Lo hacía por todos. Por la charca. Por el futuro. Por la memoria de los que habían dudado y no supieron resistir.
Y así siguió todo. La presa creció otro poco. El lodo fue tragándose a los que no resistieron.
Las demás siguieron trabajando. Sin pausa, sin preguntas, como si no hubiera alternativa. Como si no hubiera pasado nada.
Y arriba, los sapos miraban.
No parecían preocupados.
Esperaban.
Sonreían.
Y las ranas seguían trabajando.
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