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El palacio negro

Cultos y santería moderna en México

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ene 05, 2026
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Esta crónica fue escrito por Mateo Garcia Elizondo. Puedes leer más del autor en la biografía que incluimos al final.

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Me acabo de colar a la fiesta de cumpleaños del mismísimo Diablo. La música de cobres es estridente y el aire está espeso por el humo de un incienso floral con un ligero aroma a jabón. Las paredes y columnas de este antiguo mercado techado están cubiertas de arreglos florales, globos negros y papel picado. Del techo de lámina cuelgan listones de colores, lámparas chinas, paraguas viejos y, sentados en sillas de plástico dispuestas en hileras, treinta personas fuman y beben cerveza mientras escuchan a una banda que toca un repertorio de corridos norteños frente al celebrado del día; un diablo negro con cuernos de chivo del tamaño de un niño de tres años, que preside la asamblea desde un confortable sillón de cuero hecho a su medida, impecablemente ataviado con botas de cuero y un traje de charro rojo adornado con patrones de gamuza dorada.

Detrás de él, de pie y sentados en tronos de terciopelo, hay dos docenas de estatuas del ángel caído. Uno de ellos está sentado en posición de loto sobre un pedestal y tiene el cráneo y las patas de un chivo real. Otros visten ropa casual; jeans y saco, sudaderas, camisetas Levis, cachuchas de béisbol, tenis deportivos. Hay un diablito diminuto como un bebé recién nacido sentado en un modesto banco de madera, con el cuerpo cubierto de brillantina y billetes de cien dólares, y un ángel bicéfalo con dos enormes alas cubiertas de plumas de gallina negras. Está desnudo y de su verga erguida cuelga un listón rojo que alguien ató ahí como parte de un rito de fertilidad. El piso de mármol frente a los festejados está repleto de ofrendas: ramos de flores, veladoras rojas, doradas y negras, botellas de licor y de cerveza Corona, y en una charola de aluminio yace la cabeza cercenada de un puerco dentro de la cual los invitados insertan, debajo de los párpados y por los orificios de las orejas, la nariz y el hocico, diminutos papeles enrollados con notas de agradecimiento, o favores que le piden al Santo que celebran este día: el “Angelito Negro”.

Estoy en el Palacio Negro de Luz Bella, en Pachuca, y la multitud presente no es muy distinta a la que se encuentra en una iglesia mexicana promedio: hombres y mujeres mayores, adolescentes aburridos inmersos en sus consolas portátiles, y madres con bebés en brazos que se acercan a las efigies del Diablo con la misma actitud reverente y ceremoniosa con la que se arrodillarían ante un Jesucristo crucificado. Les besan la cabeza, y los pies. Los abrazan, y al hacerlo susurran plegarias y palabras de agradecimiento. Hombres rapados con tatuajes en el cráneo se acercan casi tímidamente a darles ramos de flores, y antes de alejarse les dejan cigarros prendidos entre los dedos.

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Para un conjunto de adoradores del diablo, la gente aquí es sumamente hospitalaria.

—Pásale, güero —me dicen—. Toma asiento, esta es tu casa. ¿Quieres una chela? Son gratis. Ahí nomás lo que quieras cooperar para la casa del Señor.

Nunca me han recibido con tanta cordialidad en una iglesia común y corriente. Acepto la cerveza, pero al darle el primer trago no dejo de pensar en Perséfone, a quien los dioses obligan a quedarse en el Hades por comerse un gajo de fruta durante su estancia en el inframundo. ¿Qué pasa si uno se toma la cerveza en un banquete en honor al Diablo?

Por la asamblea se mueve un hombre de tez morena, alto y esbelto, que lleva de la mano a un niño de once años. Trae jeans y una camisa de franela; nada lo distingue a primera vista de los demás invitados, salvo que, cuando le pide a la gente que acomoden las sillas o que muevan a los ídolos hacia el fondo de la sala para que quepan los invitados, todos le obedecen con absoluta devoción. Al cabo de un rato, el hombre toma asiento junto a un diablo vestido con tenis Adidas y sudadera; se fuma un cigarro mientras observa la celebración, satisfecho. Ese hombre es Oscar “El Perro” Pelcastre, el Obispo Negro. Es nuestro anfitrión; un hombre que no solo dice servirle al Diablo, sino que prácticamente inventó el que ahora es su principal culto en México.

Cuando una banda agota su repertorio, le deja el lugar a la siguiente, y la música se alarga por varias horas. Tocan cumbias, banda sinaloense, corridos norteños. En algún punto incluso le cantan las mañanitas a ese diablito negro que observa la escena con los brazos extendidos. Las ofrendas de cigarros, refrescos y veladoras se multiplican, y cerca de la medianoche, cruza el umbral de la puerta un personaje que todos miran con una mezcla de admiración y respeto. Mide más de dos metros y el tono carmesí de su rostro es demasiado uniforme para ser maquillaje. Tiene la nariz afilada, los pómulos y la barbilla pronunciados; sus cuernos de chivo se integran a la perfección a la estructura ósea de su cráneo. Cuando saluda efusivo al Obispo Negro delante de mí, bajo la mirada y veo sus patas de chivo, que culminan en dos pezuñas sobre las cuales camina sin vacilar ni perder por un instante el equilibrio.

El Señor de Rojo se dirige al centro de la asamblea y realiza un breve discurso. Le pide a los presentes un donativo económico para terminar la construcción de su Palacio y luego, a modo de ejemplo, deja un espeso fajo de billetes norteamericanos junto a la cabeza de puerco. La gente lo abraza y se toma fotos con él. Cuando le pregunto a un encargado quién es, me contesta que solo es “un personaje muy respetado de por aquí”. La sofisticación de su disfraz es tal que llego a pensar que quizás no es realmente un disfraz. Quizás este es nada más ni nada menos que Lucifer mismo, apersonado en su propia fiesta de cumpleaños. Si el Diablo quisiera vivir en la tierra y mantener un perfil bajo, ¿qué mejor lugar para hacerlo que en Pachuca, Hidalgo?

Al terminar la sesión fotográfica, el Diablo y el Obispo Negro se retiran a un cuarto trasero para discutir asuntos privados mientras la fiesta continúa, y yo vuelvo a mi hotel, e intento conciliar el sueño unas horas. Mientras doy vueltas en la cama, no puedo evitar preguntarme: ¿de qué hablarán el Diablo y el Obispo Negro en la parte trasera del Palacio Negro de Luz Bella?

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