El muelle
de Bruno Aramburu
A modo de prólogo
por Tomas Lemus
Al ver las fotografías de Bruno, algo nos inquieta. El fotógrafo iniciado pensará en la exposición de la imagen, o el encuadre. Pero todos intuimos algo enseguida: esto no es una fotografía bella, según cualquier modelo mental convencional de lo que eso significa. Pero Bruno busca, precisamente, lo contrario.
Lo que me fascina de sus fotografías es descubrir que estoy perdiendo esta fealdad en mi vida. Sin saberlo, yo también la busco. En la era que nos achaca, ya son pocos los que buscan crear arte. Creamos más que nunca, pero la vasta mayoría se conforma con simular arte: replicar, optimizar y apoyarse de la tecnología para producir por resultados que tienden al promedio, a lo aceptable, a lo que cabe dentro de parámetros. La inteligencia artificial generativa es en su naturaleza más profunda, un algoritmo probabilístico que busca la convergencia.
Pero el arte no solo es crear. Ahora que las barreras técnicas para crear desaparecen poco a poco en todas las disciplinas, se escucha hablar seguido de belleza. Incluso la belleza no es suficiente. En el arte, tiene que haber algo en juego: el artista se lanza a crear, y arriesga algo en el acto. Tiene que haber voluntad creativa. Esta voluntad bien puede ser de producir algo bello, o también, de descubrir lo que es bello a través de la fealdad, siguiendo el hilo platónico que ahora populariza esta época de IA. En esa voluntad habita un valor estético que, paradójicamente, lo vuelve bello de cualquier forma.
Hoy estamos desbordados de imágenes cuya procedencia ya no podemos confirmar, y cuando se trata de arte, no puede ser la “belleza” nuestra única brújula. Entre ese diluvio, encontraremos cada vez más productos que nos parecen bellos, detrás de los cuales, sin embargo, no hay voluntad. Pero aún somos capaces de reconocer, creo yo, lo deliberado, lo que viene de un instinto y un móvil humano. En fotografía, esto es analógico a lo que Henri Cartier-Bresson describió como “el impulso espontáneo de una atención visual perpetua”.
Puede que dejemos de ser capaces de verificar si una imagen es verdadera. Pero algo muy en el fondo nos señala cuando viene de una atención visual —de un modelo humano—, de una sensibilidad. Lo sentimos de inmediato: la mirada y el impulso.
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Palabras del fotógrafo
de Bruno Aramburu
Siempre, en mis fotografías, me he inclinado por una imagen pobre, defectuosa, borrosa y tronada por ese grano digital que ensucia sacando nuevas formas que solo se podrían imprimir en esos píxeles llevados a su límite, convirtiendo las imágenes en una dimensión nueva e imaginaria en donde predominen y se manifiesten mis defectos; esta vez mi desesperanza en forma de horizontes que se desdibujan en la distancia, mi obsesión con el pixel volviendo la persona y su espacio en el mismo material quemado y sub expuesto combinando colores y formas que sumen una imagen fea, anti ultra-HD, pensando menos en el: ¿Qué piensan esas personas viendo al mar?, y más en: ¿Qué pienso yo viendo que ellos ven?
Un flujo no muy afortunado de ideas sobre el paisaje y la distancia solitaria que tengo hacia él, negando acercarme y conocerlo sin volverlo una silueta o una mancha. Sin negar la representación y la subjetividad inherente a la fotografía y el marco, esta manipulación digital permite descubrir destellos parecidos (pero no lo suficiente) a los que capta el ojo humano y ponernos de cara a una nueva relación con lo mundano y las realidades alternas-invisibles solo identificadas en la imagen pobre, poco a poco más visibles después de sus dos primeras tomas generales.
















