Cotidianeidad guadalupana
de Daniel Cházari
A modo de prólogo
de Tomás Lemus
Hoy vivimos anegados en imágenes—sobre todo imágenes en movimiento, ya sean reales o generadas—. Y a pesar de todo, considero aún que los fotógrafos son esenciales en la vida pública. Las cámaras lo captan todo, pero el buen fotógrafo nos dice dónde mirar.
Esta semana Daniel Cházari nos hace mirar al alma misma de México, que mana de cada esquina, que palpita y vibra en cada rincón del espacio público y cada espacio de la conciencia nacional. Hablo naturalmente, de lo que Cházari describe brillantemente como la Cotidianeidad Guadalupana.
Haré una declaración que es menos controversial de lo que sonará al principio—y de la cual no quedará duda después de ver las fotografías de Cházari—: México es una nación guadalupana. Todo lo demás —banderas, héroes, consignas— es politiquería, mitología nacional; para acabar pronto: propaganda. Poéticamente, la virgen de Guadalupe del Tepeyac, fue, en algún momento, todas las anteriores. Pero el símbolo de esta deidad es el único que logra agregarnos a todos, independientemente de la región, etnia, o clase social. Para algunos representa la unión de varios órdenes; para otros, la compasión con el pueblo entero de América; para los escépticos, diplomacia cósmica. Todos estos símbolos se funden en uno solo, cuyo valor máximo es la mezcla, y representa lo único que une a una tierra definida por las multiplicidades.
Hasta aquí todo bien. Yo, como todos, crecí con una noción bastante clara de que en mi país se adoraba a la Virgen de Guadalupe. Pero no había entendido, hasta hace muy poco, el arraigo que tiene en la vida cotidiana de estas tierras. Paseando por la Ciudad de México con un amigo extranjero, lo sorprendí deteniéndose abruptamente en cada calle, fotografiando cada esquina y los nichos de todas las casas. Y es que se maravilló al descubrir que la imagen guadalupana estaba en cada rincón: en pequeños altares, en mosaicos sobre la pared, en pinturas votivas. La Virgen no solo ocupa el espacio simbólico mexicano, habita, da forma y ordena el espacio físico.
Esta dualidad—lo simbólico y lo físico—surge de la piedra misma con la que se tallan nuestras sociedades iberoamericanas, proceso que me permitiré bosquejar simplemente aquí, a manera de prólogo para lo que se entiende perfectamente en las fotografías de Daniel.
Para el filósofo Bolívar Echeverría, nuestras sociedades americanas son sociedades barrocas. Son barrocas, estéticamente, porque confirmamos en nuestras ciudades—como atestiguan las fotos de Cházari— los mismos principios que operan en el arte barroco: lo exagerado, lo recargado, lo dramático. Pero son barrocas también porque se fundan necesariamente bajo los ideales que dominan el pensamiento y la literatura barroca: optando por el paréntesis, por la suspensión entre alternativas, por la puesta en escena. No son sociedades ni europeas ni americanas, disimulan una y otra opción, viviendo ambas de forma suspendida. A diferencia del ethos protestante —realista, obsesionado con separar tiempo productivo y extraordinario— el barroco mezcla y desdibuja estas alternativas. Hay algo de extraordinario en cada momento cotidiano: hay juego en el trabajo, hay música en cada comunicación, danza en cada movimiento, y comunión mística en cada instante.
En las fotos de Daniel Cházari reflexiono sobre lo que significa habitar el espacio de lo guadalupano: un espacio que no permite separar la experiencia cotidiana de la mística. Parafraseando a Echeverría, darse cuenta de esto no representa necesariamente una alternativa política o filosófica, un proyecto de nación o una modernidad alternativa. Pero expone con fuerza hasta qué grado, la modernidad que tenemos, que nos exige, tiránicamente, que separemos lo ordinario de lo extraordinario, que habitemos un mundo racional, compartimentado y productivo, nos parece insatisfactoria
Y si quieren ver más fotografías de Cházari, les dejamos su perfil:
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