Colores de octubre
Fotos del Mercado de Jamaica.
Desde que tengo memoria, los octubres son naranjas. Son naranjas, y huelen, como dice Diego, a flor recién cortada, a tierra mojada, a campo, y a pan dulce.
Cuando no conocía otra cosa, Octubre era el mes del cempasúchil, y ya está. No fue hasta cinco años atrás, cuando emigré de México, que descubrí lo que era un octubre común y corriente; un mes como cualquier otro. Solo al emigrar comprendí y reflexioné sobre la variedad de alimentos, de flores y de cultivos de todo tipo que se mueven por mí ciudad, que consumimos y usamos para adornar, traídos frescos cada día a la ciudad.
Y es octubre el mes que más activa estas cavilaciones: algo en mí despierta y se revuelve en melancolía. Encuentro, caminando por Madrid, el naranja en los árboles que pronto mudarán de hojas y el olor fresco de una noche otoñal, presagiando otro invierno, pero no basta: necesito esa exuberancia e intensidad de sensaciones de un octubre mexicano. En mi ciudad, esta exuberancia es posible gracias a la labor de agricultores, transportistas y vendedores, que mueven un flujo extraordinario de flores de cempasúchil cada año en los días antes del 2 de noviembre. El mercado de Jamaica es el centro neurálgico de esta movilización, y el corazón del día de muertos en la CDMX. La forma como Diego Orvañanos captura este frenesí, y el trabajo de los que hacen esto posible, es increíble. Sin más dejaremos que lo cuente Diego.
Tomás Lemus, editor en Perpetuo.
Son las seis de la mañana y decenas de camiones que viajaron desde Atlixco empiezan a llegar a Jamaica. Repletos de flores, basta verlos para saber que van al límite —parece que un solo cempasúchil más bastaría para que se desbordaran—.
Todavía no hay ruido. Apenas algunos cargadores bostezando, alguna señora abriendo su puesto a regañadientes. Esa primera media hora es un paréntesis raro: las flores ya están ahí, pero la gente no.
En un instante, el paisaje cambia. El mercado se transforma en un mar de flores de un naranja tan intenso que parecen reflejar el sol antes de que salga. El aire se llena de un aroma inconfundible: a flor recién cortada, a tierra húmeda, a campo. Pero sobre todo, el olor del cempasúchil —denso, envolvente, capaz de sacudirte la memoria—. Como si ese olor supiera exactamente a qué venías.
Los vendedores tienen pulmones de estadio. Hay gritos, carcajadas, regateos y una señora con delantal que podría regañarte como si fueras su nieto. La gente carga ramos en los hombros tan grandes que caminan ladeados, como si las flores los empujaran hacia otra dirección. Entre el bullicio y el desorden, hacer una buena foto parece misión imposible. Pero Jamaica no es lugar para buscar orden: es para dejarse arrastrar.
Y así, entre empujones, tierra y color, entre la marea de cempasúchil que inunda cada rincón, la gente se va con la cajuela a tope, los zapatos llenos de pétalos y las manos manchadas de flor. Listos para poner la ofrenda, encender las velas y abrir las puertas de casa, porque es bien sabido que en estos días llegarán visitas que vienen desde lejos.
Diego Orvañanos, fotografo.

























